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Terra
La Coctelera

En la boca

Tras un día cargado de varias emociones, el aquí presente se acostó a eso de las 4 de la mañana, con un tiempo previo de reflexión antes de quedar totalmente dormido.

Esos momentos de reflexión son a veces inacabables. Aprovechamos para pensar sobre los últimos sucesos acontecidos en nuestras vidas, y lo que es más importante: para pensar en los que todavía no han sucedido pero que pueden suceder.

Dar vueltas y vueltas en la cama antes de dormir mientras pensamos en alguno de estos temas significa que hay algo que nos preocupa, aunque durante el resto del día no sea algo excesivamente presente en nuestra cabeza.

Anoche me pasó esto mismo. Y sé que estuve pensando en mis temas inconscientemente por una razón muy sencilla: esta mañana me he levantado con los calcetines en la almohada, casi que en la boca.

Debe haber sido una noche muy dura. O quizás haya desarrollado algún tipo de flexibilidad en las piernas y me las puedo colocar a la altura de la cabeza... mejor dejémoslo en que ha sido una noche muy dura.

Que en paz descanse

Esta mañana sobre las 6.00am me despertaron unos ruidos un tanto brutales. En un principio creí que era un convoy de camiones que pasaban por la carretera, porque estos días han sido totalmente soleados y calurosos. Pero cuando empecé a escuchar litros de agua chocar contra mi persiana, supuse que a menos que los camiones vuelen, aquello era una tormenta de un par de... nubes.

Así pues, el día no se presentaba agradable. 3 horitas después procedía a levantarme, tomaba mi colacao matutino (evitemos hacer la rima fácil aquí), me vestía y procedía a llamar a la peluquería para cortarme el pelo.

Al ir a salir por la puerta me percaté de que la tormenta aquella seguía dando guerra, por lo que cogí mi fiel paraguas negro, con su punta de madera y sus varillas metálicas.

Recorridos varios metros desde la puerta de mi casa, unas corrientes de aire a 1 muchillón km/h empezaban a azotarme de frente, motivo por el cual mis pantalones empezaron a sufrir los efectos de la potente lluvia que caía en esos momentos. Puse mi paraguas como escudo contra la ola de agua que veía venir de frente, sin ver siquiera por dónde iba, deseando no cruzarme con ningún peatón para evitar choques innecesarios.

Pocos minutos más tarde, me encontraba entrando a la peluquería, con todo el cuerpo mojado, las gafas llenas de goterones que me hacían ver tripe o cuádruple, y con un manojo de varillas y tela en la mano.

«¡Oh no, mi paraguas ha muerto! ¡Un médico!» - fue lo primero que se me pasó por la cabeza. Pero lo único que me ofrecieron fue un paragüero donde dejarlo morir en paz.

Así pues, paraguas, estés donde estés (supongo que seguirás en el contenedor de la esquina, a menos que te hayan salido patitas y hayas echado a correr), te echo de menos. De vuelta a casa me acordé mucho de ti, ya que me he duchado para 3 ó 4 días seguidos.

No olvidaré las caras de la gente con la que me cruzaba y te miraba cómo ibas herido de muerte. Algunos tan entristecidos que soltaban carcajadas por los nervios de la situación. Siento no haberte encontrado nada mejor que un contenedor, pero sé que me entenderas.

Que los ángeles te lleven al paraíso de los paraguas. Lo único que tienes que cambiar es los ángeles por camión de basura, y paraíso de los paraguas por vertedero municipal.